Cantos a los muertos

Como es costumbre, en éste mes recordamos a nuestros difuntos con misas, visitándolos al cementerio, haciéndoles altares y rezando por ellos, para que ellos intercedan por nosotros “allá”. Pues en este caso la música no se queda atrás y juega también un papel esencial en éstos días, por ejemplo, en muchos de los altares, típicos de nuestro país, se acostumbra poner o simbolizar los gustos y pasiones del difunto, y en varios casos ponen letras de canciones que encantaban al difunto.

 

En las distintas culturas alrededor del mundo siempre han existido cánticos y música para recordar a los muertos, y la mexicana no es la excepción. Algunos de los más importantes son los cantos litúrgicos tocados en las exequias y los novenarios de un difunto, éstos cantos son algunos de los más hermosos de la iglesia, ya que combinan el dolor y tristeza que lleva consigo la muerte de un ser querido, aunque siempre van a ser tristes, no se puede negar su belleza armónica y musical, como un ejemplo tomo, lo que es para mí el mejor de los cantos fúnebres, La misa de requiem de Wolgang Amadeus Mozart, ésta obra tiene toda una historia atrás de su composición. En marzo de 1791, Mozart ofreció en Viena uno de sus últimos conciertos públicos; tocó el Concierto para piano n.º 27 (KV 595). Su último hijo,Franz Xaver Wolfgang, nació el 26 de julio.

Pocos días antes se presentó en su casa un desconocido, vestido de gris, que rehusó identificarse y que encargó a Mozart la composición de unréquiem. Le dio un adelanto y quedaron en que regresaría en un mes. Pero el compositor fue llamado desde Praga para escribir la ópera La clemencia de Tito, para festejar la coronación de Leopoldo II.

Cuando subía con su esposa al carruaje que los llevaría a esa ciudad, el desconocido se presentó otra vez, preguntando por su encargo. Esto sobrecogió al compositor.

Más tarde se supo que aquél sombrío personaje (al parecer, llamado Franz Anton Leitgeb) era un enviado del conde Franz von Walsegg, cuya esposa había fallecido. El viudo deseaba que Mozart compusiese la misa de réquiem para los funerales de su mujer, pero quería hacer creer a los demás que la obra era suya y por eso permanecía en el anonimato.

Mozart, obsesionado con la idea de la muerte desde la de su padre, debilitado por la fatiga y la enfermedad, muy sensible a lo sobrenatural por su vinculación con la francmasonería e impresionado por el aspecto del enviado, terminó por creer que éste era un mensajero del Destino y que el réquiem que iba a componer sería para su propio funeral.

Siempre han existido canto y música para nuestros difuntos, algunos con distintas finalidades como lo son cantos para el buen viaje en el más allá (típicos de África del norte) ó rituales más complejos que tienen como finalidad la reencarnación, sea como sea, una muerte siempre será acompañada por música, y una de las más bellas, ya que está basada en el dolor y la tristeza, pero también en el amor de los recuerdos.

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